Deambular por el territorio del chef Edorta Lamo, supone sumergirse en la mitología y la cocina de aprovechamiento, tan humilde como mágica

La temperatura del tiempo es la que genera su fricción sobre los elementos. Resuena húmedo en el bosque, colisiona con las nubes disueltas en neblina. Repica fresco en las piedras que desgasta el agua del manantial. Se siente tenue a los pies del hayedo, entre el vapor condensado en la hojarasca, junto al musgo y las orquídeas cefalanteras. Se descubre sombrío reconstruyendo sucesos que la accidentada orografía de la montaña alavesa ha padecido en su condición de cobijo y promontorio. En estos montes, el sonido de las horas es el de las efemérides que deambulan por los sinuosos senderos de la serranía. El del bostezo desganado de las cercas de piedra y los paseos a lo largo de las pequeñas l...

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ocalidades que en otras fechas fueron grandes.

El paisaje de los días en esta parte de Álava es el del viento sobre los ramajes en las soñolientas masas forestales. Si los momentos tuviesen aroma, en este lugar serían los del primer café descansado de la mañana, los que descose la cocción de una porrusalda o un puchero de alubias arrocinas. Los olores de la combustión de las carboneras; los del benceno de las viejas minas de asfalto, el de la inercia prolongada hasta la silueta de un horizonte de cimas calizas tapizadas de verdes. Por aquí, los topónimos hablan de diosas y hechiceras, y las leyendas apresan gentiles, gigantes, hacedoras de tormentas y lamias, esos genios acuáticos con apariencia de mujer y pies palmeados que peinan sus largos cabellos a orillas de los arroyos. Cerca, en el tronco hueco de un haya, la Vieja del Monte, ese ser mítico en forma de niebla, vela por los leñadores, los carboneros y los que se ganan la vida en la montaña.