Gana fuerza la visión de que es temerario cerrar Almaraz en tiempos de convulsión geopolítica y miedo a los apagones. La disyuntiva no es nuclear o renovables, sino nuclear o gas (ruso o argelino)

Este artículo es un extracto de la newsletter semanal La selección del director de Cinco Días, cada jueves en su buzón. Puede apuntarse en este enlace.

El cierre de la central nuclear de Almaraz se ha convertido en el juego del ratón y el gato. Porque, así son los tiempos, importa sobre todo quién impone su relato. Está ganando fuerza la visión de que el cierre definitivo de la central en noviembre de 2027, cuando podría seguir funcionando con seguridad bastantes años más, es una temeridad en tiempos de convulsión geopolítica y miedo a los apagones. El Gobierno está en una posición delicada y no lo plantea abiertamente, sino que espera a que sean las eléctricas las que den el paso de pedir la prolongación, y que lo hagan gratis, mientras las compañías se preparan para hacer esa petición, pero reclaman una rebaja fiscal que permita que les salgan mejor las cuentas. Así las cosas, corre el reloj para el inicio de un proceso de desmantelamiento que es problemático para todas las partes implicadas.‌