Desde Goya hasta las fotografías actuales del conflicto en Gaza, las artes visuales han denunciado el uso del hambre como arma de guerra
Ollas, cubos, tazas. Recipientes que se agolpan estos días en nuestras pantallas, que casi traspasan el cristal y nuestras conciencias con sus movimientos nerviosos, con sus colores desteñidos, con sus tamaños hiperbólicos. Comparados con las pequeñas manos que a menudo los sostienen, reclamando comida, estos improvisados contenedores de alimentos subrayan, más si cabe,
l.html" data-link-track-dtm="">la desmesura del hambre en Gaza. Pero, como nos interpela Goya desde una de sus célebres imágenes de los Desastres de la Guerra (ca. 1810 – 1820), ¿De qué sirve una taza?
El contenido insuficiente de ese recipiente sirve en la estampa como respuesta elocuente a la pregunta retórica. Situada en el centro de la imagen, la taza representa un poderoso símbolo de la hambruna que asoló España durante la Guerra de la Independencia, especialmente entre 1811 y 1812. En torno a ella giran con expresión de abatimiento varias mujeres y el cadáver de un niño para el que la ayuda llega demasiado tarde. El coyuntural auxilio tampoco reconforta a los que sobreviven, pues saben que aquello que los mantiene con vida puede convertirse también en su veneno. Como recuerda otra estampa de la serie, Gracias a la almorta, esta leguminosa se convirtió durante la contienda en el único sustento de muchos, pero también en un cruel modo de prolongar su sufrimiento. Frente a las insuficientes cosechas de trigo, que a menudo eran requisadas por el ejército francés, esta legumbre se convirtió, en forma de gachas, en el único ingrediente de la dieta de miles de personas. Sin embargo, el consumo excesivo de la almorta acarreó graves consecuencias, como el latirismo, una intoxicación crónica que provocaba parálisis espástica y graves problemas de crecimiento en los niños.







