Igual que las fotografías en blanco y negro que se graban a fuego en la psique de todos los niños israelíes en el Día en Memoria del Holocausto —unas imágenes cuyo propósito es garantizar que nunca olviden lo que se le hizo a su pueblo—, veo ahora las imágenes que llegan de Gaza. Las imágenes de Muselmen, un término cargado de cruel ironía, acuñado en los campos, que significa “hombre musulmán” y se utiliza para describir a esas figuras esqueléticas que se encuentran en las últimas fases de la inanición. Veo cuerpos macilentos de adultos y niños física y mentalmente destruidos, con las mejillas demacradas, los ojos hundidos y una única expresión que es el reconocimiento mudo de la muerte inminente.
Soy la segunda generación de una familia superviviente del Holocausto. Mi padre llegó a Israel con su hermana mayor dentro de la Aliá de “los niños de Teherán” —sí, otra ironía—, así llamados porque viajaron a través de Teherán y permanecieron allí, hambrientos y desamparados, antes de embarcar hacia Palestina. Él tenía seis años y ella ocho. Huyeron de Polonia a Siberia, donde su madre, mi abuela, murió de tifus delante de ellos. Mi padre nunca hablaba de sus experiencias. Pudimos reconstruir los fragmentos de su infancia a partir de las historias que nos contó mi abuelo, que llegó a Israel años después.






