Casi todos los sábados por la noche, mi esposa y yo participamos en Tel Aviv en una vigilia silenciosa, en la que cada uno sostiene una fotografía de un niño de Gaza asesinado por los recientes ataques de las Fuerzas de Defensa de Israel. Son muchos. Permanecemos allí durante una hora.

Algunos transeúntes se detienen a mirar las fotos y leer los nombres de los niños; otros nos insultan y siguen andando. Curiosamente, al contrario que en muchas otras protestas contra el Gobierno a las que asisto, en las que me siento un poco inútil, en esta vigilia sí siento que estoy haciendo algo. No es mucho, pero estoy facilitando el encuentro entre un niño muerto y la mirada de una persona que no sabía que existía ese niño.

Hace unas semanas, la vigilia fue más tensa de lo habitual. Hamás acababa de publicar un vídeo monstruoso en el que se veía al rehén israelí Evyatar David, esquelético, cavando su propia tumba por orden de sus captores. Algunas personas se pararon junto a nosotros. Un hombre en bañador me miró fijamente y me preguntó si había visto el vídeo: “Él es tu gente. Su foto es la que deberías alzar. ¡La suya!”. Otra mujer se detuvo y nos gritó: “¡Todo es propaganda de Hamás! ¿No os dais cuenta? Esos niños, es todo inteligencia artificial. ¡No son de verdad!”.