El 15 de junio me manifesté junto a otras 150.000 personas en La Haya (Países Bajos) contra la guerra de Israel en Gaza. Había niños pequeños asomados a las ventanas que agitaban banderas palestinas. Nosotros les devolvíamos el saludo. Solo un par de días antes me enteré de los ataques de Israel contra Irán. Estaba cenando con algunos literatos a los que admiro en una finca toscana bañada por el sol. Mientras todos disfrutaban de las elegantes esculturas culinarias, yo no dejaba de mirar mi teléfono de forma compulsiva en busca de noticias, de mensajes de mis seres queridos en Irán que me confirmaran que estaban vivos. Tengo en Teherán a una tía con cáncer en estadio cuatro que está recibiendo quimioterapia y a una prima que siempre ha vivido con ella. Busqué en Telegram y WhatsApp, llenos de fotos hechas con móvil: el humo que salía de edificios de apartamentos, fotos de hombres ensangrentados, niños cubiertos de ceniza.

Cuando hablaba con los demás, lo hacía de forma enloquecida, frenética, mientras cogía los canapés y me comía todo un plato de cerezas en pleno ataque de histeria. Me sentía como un villano de Poe, escondido en una lujosa mansión mientras ardía mi gente. Y lo decía sin parar. Durante la larga comida pedí dos cigarrillos y me los fumé; llevaba 11 años sin fumar.