La política de Israel en Gaza ha estado encaminada a reducir a los palestinos a mera vida biológica
El hambre extrema no es una privación: es un objeto con peso y presencia. Llega a ocupar el espacio entero del cráneo y llena el paladar de una nada seca. El hambre es insaciable, no permite pensar, llevando al límite de lo humano a quienes se les condena a sufrirla. El hambre enmudece, paraliza la lengua de manera que deja de alojar palabras y hacer sintaxis. Esa hambre aguda y radical acaba convirtiéndose en un sufrimiento nítido, un pensamiento único, un sentimiento puro: s...
olo está ella; es la única y absoluta compañía. Con ella la identidad propia se altera de modo que no se tiene hambre, sino que se es hambre. Quien haya padecido el castigo del hambre llevará su huella grabada para siempre en el cerebro, inscrita en la memoria animal. Esa hambre provocada, dirigida al castigo y al exterminio, producirá daños físicos y psicológicos duraderos, quizá genéticos; culpará incluso a los supervivientes, cargando con la vergüenza única de haber tenido que decidir a quién alimentar y a quién dejar morir.
La escritora rumana Herta Müller, Premio Nobel de Literatura en 2009, recogió en una de sus novelas la voz de su amigo el poeta Oskar Pastior, uno de los deportados alemanes de Rumania a Ucrania tras la ocupación de su territorio, y donde fueron obligados a reconstruir Rusia como reparación de guerra. El mismo destino que sufrieron 80.000 germanorrumanos por orden de Stalin. Müller pone en la boca de su protagonista, Leopold, llegado en 1945 a un campo de trabajo junto con otros sajones de Transilvania como él (una minoría de colonos alemanes asentada en Rumania), el hambre y el frío extremos soportados. En ese poema en prosa que es su texto (Todo lo que tengo lo llevo conmigo), Müller hace del hambre de aquel lugar, del hambre intencionada, impuesta y permanente, un cuerpo protagonista: el hambre será allí “el ángel del hambre”, poderoso, ubicuo, un ángel callado, soberano, capaz de sentenciar y decidir quién merecía vivir y quién no, una presencia constante e incapacitante que los seguía en cada minuto, en el gesto de una mortífera compañía perenne. El ángel del hambre hacía que no pensasen o los confundía, impidiendo que lo hicieran correctamente. Esa hambre siempre acierta en su tarea, escribe Müller, nunca falla; “el ángel del hambre camina, por un lado, con un ojo abierto. Vacilante, describe círculos estrechos y se balancea en el columpio del aliento”; conoce los límites del cuerpo y los recorre, “como mercurio por los capilares: un dulzor en el paladar, el estómago comprimido, el aire escaso, la nostalgia y los callejones sin salida del cerebro”. El hambre se instala en la boca, que se hace más grande que la cabeza, “una cúpula alta que resuena hasta el cráneo”. Es un hambre que añade más hambre a la ya padecida, un hambre que está siempre renovada, insaciable.







