Hubo un momento en que una de las palabras más terribles de cualquier idioma ya no fue suficiente. Decir hambre es decir la privación más cruel que puede sufrir una persona y, sin embargo, hay algo peor: la hambruna, cuando alguna causa generalizada –guerras, epidemias, catástrofes diversas— hace que muchas personas pasen hambre al mismo tiempo, en el mismo lugar: que no sólo sufran su hambre sino también la de todos los suyos.
En estos días, por desgracia, por vergüenza, la palabra hambruna suena sin parar. La hambruna supo ser, durante siglos, un arma de guerra: aquellos ejércitos rodeaban esas ciudades cuyas murallas no sabían derribar e impedían la entrada de comida hasta que el hambre las rendía o las devoraba. En la Europa “moderna”, con la aparición de los ejércitos profesionales —primero— y ciudadanos —después—, los generales dejaron de atacar a los civiles y se pelearon entre ellos. Hasta que el gran inspirador de tantos políticos actuales, un tal Adolfo, que fue de cabo a rabo, decidió recuperar el viejo truco de la hambruna y elaboró, para quedarse con el este de Europa y acabar con poblaciones que juzgaba superfluas, su Hungerplan.
Der Hungerplan tenía una excusa simple: no malgastar en las poblaciones de los países ocupados la comida que precisaban los ejércitos alemanes. Tan germano, el plan era meticuloso y sus cuatro categorías estaban perfectamente definidas según el nivel de alimentación que les correspondía. Se guiaban por una consigna del ministro de Trabajo nazi: “Una raza inferior necesita menos espacio, menos ropa y menos alimentos que la raza alemana”. Los “bien alimentados” eran los grupos locales que los nazis querían preservar para que colaboraran con ellos; los “insuficientemente alimentados”, que recibían un máximo de 1.000 calorías diarias, eran esos dominados cuyas vidas les daban igual; los “hambreados” eran las poblaciones que habían decidido reducir todo lo posible: judíos, gays, gitanos; los “exterminados por hambre” casi no recibían alimento; eran, entre otros, los soldados rusos prisioneros.










