La ficción tiene la capacidad de actuar sobre el cerebro con intensidad, asimilándola como una representación de la vida real. Por eso mismo las fábulas resultan poderosas
Hasta hace bien poco, los gorilas eran criaturas de leyenda; monos gigantes con el cuerpo cubierto de pelo que raptaban a las mujeres de las aldeas africanas y abusaban de ellas. Dotados de una fuerza sobrenatural, se enfrentaban como si tal cosa a las lanzas y a los machetes afilados de las tribus guerreras. De esta manera, la fábula continuó agigantándose hasta que, a mediados del siglo XIX, el misionero norteamericano Thomas S. Savage apareció en la desembocadura del río Gabón para poner fin a la leyenda. Puede decirse que fue él quien
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/elpais.com/ciencia/el-hacha-de-piedra/2025-06-05/el-verdadero-rey-de-la-selva-nunca-fue-el-leon.html" data-link-track-dtm="">sacó al gorila de los bestiarios y las patrañas africanas.
Con todo, los gorilas no perderían nunca su dimensión de criaturas fantásticas. Sin ir más lejos, en 1858, el escultor Emmanuel Fremiet (1824-1910) presentaría su escultura titulada Gorila raptando a una mujer, un trabajo que fue rechazado por el salón de París y cuya segunda versión —que data de 1887— se puede contemplar en Nantes, en el Museo de Bellas Artes. Se trata de la figura en bronce de un gorila raptando a una mujer que lucha por escapar del brazo de la bestia. Toda una representación de agresión sexual que conecta con antiguas fábulas donde la represión y el morbo son categorías a tener en cuenta. Ya puestos, si agitamos la leyenda de La Bella y la Bestia junto a las citadas fábulas del primate gigante, tenemos como resultado a King Kong, una de las criaturas fantásticas más reales de la historia del cine, llegando a ocupar un sitio preferente en nuestro imaginario cada vez que reconocemos el Empire State Building. Y es que la ficción tiene la capacidad de actuar sobre el cerebro con intensidad, asimilándola como una representación de la vida real. Por eso mismo las fábulas resultan poderosas.






