La reconstrucción de la cadena trófica y la vuelta de la fauna dependen de la velocidad con la que pasase el fuego
Las arañas y las quitameriendas siempre tienen prisa por regresar al paisaje enlutado después de un incendio forestal. Las primeras se descuelgan como comandos especiales desde los esqueletos negros de los árboles, dejándose balancear por el viento para adentrarse sigilosamente en el espacio desolado. Las segundas laten bajo tierra y se desperezan con las primeras lluvias, una tras otra e incluso en ramilletes, hasta urdir una alfombra morada sobre las cenizas. La vida empieza así a renacer, en un trabajo colaborativo, constante, de reconstrucción del orden natural que puede tardar décadas, o siglos, en restaurarse. Esto, si otro fuego no lo trunca en lugares tan castigados como la provincia de Ourense, pasto reiterado de las mayores oleadas de incendios en Galicia: 13 en los últimos 50 años.
A los pocos meses, tras el fin del mundo, a estos lugares regresan las herbáceas; y el eucalipto —invasor, pirófito y casi indestructible— rebrota con su brioso verde plata. Los animales polinizadores no van a tener muchas flores durante un tiempo; pero si las llamas no retornan al lugar, en un lustro puede haber de nuevo un considerable sotobosque formado por esa vegetación capaz de resucitar tras el fuego. El matorral será el hogar, junto con las piedras quemadas, de culebras, lagartijas, perdices y toda una comuna de cientos de especies.






