Cremoso y de sabor intenso, el pesto más famoso es el genovés, hecho a base de albahaca, piñones, queso parmesano, ajo, sal y aceite de oliva. Prepararlo no requiere habilidades especiales ni inspiración divina: basta con poner los ingredientes en una procesadora y apretar un botón. A partir de ahí, se abre un mundo de versiones posibles. Se puede hacer con casi cualquier hoja verde -por ejemplo rúcula o espinaca- en lugar de albahaca, se pueden cambiar los frutos secos -nueces, anacardos o almendras- en lugar de piñones, prescindir del verde por completo y usar en su lugar un limón entero, una calabaza o tomates. Añadiendo más aceite y algo ácido, es posible convertirlo en una vinagreta exprés.
Aun así, el pesto alla genovese tradicional es difícil de superar, y probablemente es la mejor forma de aprovechar ese manojo de albahaca fresca tan aromática como fugaz que tienes en la nevera. Se puede comprar ya hecho, y en este caso la dificultad radica solamente en abrir el bote: no vamos a ir de inquisidores gastronómicos, pero que sepas que como ha quedado demostrado en la cata de la gastrónoma y comidista italiana Anna Meyer, las variantes de supermercado existentes en el mercado nacional no son para tirar cohetes.






