Cuando era pequeño, mis padres escuchaban siempre el programa Any Questions? [un programa de discusión política británico] en el transistor, como lo llamábamos entonces. Yo me tragaba el programa entero presa del más absoluto aburrimiento, consciente de que se trataba de una actividad reservada a los adultos y de que la posibilidad de que apareciera un accidente de coche o un tiroteo –aparte de uno metafórico– era inexistente. De adolescente lo escuchaba con un grado de comprensión algo mayor, pero con una especie de asombro al ver que la gente podía expresarse con tal soltura, saber tantas cosas, razonar con tanta lucidez. Lanzaban una pregunta y, sin apenas esforzarse, los tertulian...

os prodigaban respuestas y recibían aplausos. Ahora que soy adulto, veo a veces Question Time [un programa de debate de la BBC] en la televisión con una mezcla muy parecida de horrorizada admiración. Nadie se detiene a respirar, nadie duda. Y, sobre todo, me he percatado de que nadie cambia ni ha cambiado nunca de opinión. Ninguno de los tertulianos se deja convencer por los argumentos del otro, nadie dice nunca “Ah, ahora caigo, usted tiene razón y yo estaba equivocado”. Sus opiniones, las exprese una mujer o un hombre, son como irrenunciables símbolos viriles.