En los 100 minutos que mediaron entre su magnífica semifinal, control y seguridad, y la final de los 110m vallas, Quique Llopis, un habituado ya al ceremonial, un veterano en la elite a los 25 años, se tumbó un ratito en la mesa de masaje para que le movieran un poco, ensayó un par de salidas de tacos, habló brevemente con su entrenador, el gran Toni Puig, y escuchó música...
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fuerte, a tope, para activarse. No escuchó, seguramente, la más relajada y en cierta forma adormilante psicodélicamente canción de Sueño con serpientes, la pesadilla de Silvio Rodríguez que mejor describiría su posición, tan elevada, tan continuada, en el mundo tan cambiante de la prueba de velocidad más complicada: cómo aumentar la velocidad sin poder dar más pasos que los que caben entre valla y valla. El poeta cubano soñaba con serpientes, y se desesperaba en la pesadilla porque mataba una y aparecía otra mayor, y él seguía donde estaba, como Llopis, que terminó cuarto en el Mundial de pista cubierta (60 metros) de 2024, cuarto en la final de los Juegos de París y cuarto, again, y sin sentimiento de frustración, más bien de orgullo, en el Mundial de Tokio, donde se quedó más cerca de la medalla que en París, a cuatro centésimas y no a 11. “He sentido que lo he podido luchar”, dice el potentísimo vallista de Bellreguard. “He estado ahí pegándome con todos por una de esas medallas Pero ya está, han corrido más”. Habla del ganador, el norteamericano Cordell Tinch, nacido en el año 2000, como él mismo (12,99s) y tan alto (1,88m) pero más estilizado, y de los jamaicanos Orlando Bennett (13,08s) y el veterano Tyler Mason (13,12s). Y habla de él mismo, 13,16s y una centésimas perdidas con un toque a la primera valla –“quería salir a jugármela. Si quería estar en las medallas, tenía que jugar fuerte, hacer la carrera de mi vida”, explica—y otro a la séptima. “No ha llegado a salir por muy poco, pero tengo que estar contento de todo el trabajo hecho hasta el final”.







