Quique Llopis lleva tres semanas enclaustrado en el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat, en Barcelona, lejos de su casa, en Bellreguard, al lado de Gandia (Valencia). Allí pasan los días despacio sin muchos más alicientes que entrenar, comer y dormir. En los ratos libres, la consola y un par de libros. En sus manos ha caído Hábitos Atómicos, el ensayo de James Clear que lleva más de cuatro millones de ejemplares vendidos y que, desde hace meses, se lo están leyendo, uno detrás de otro, los mejores atletas españoles. El valenciano espera encontrar ahí otro camino para pulir los pequeños detalles, ínfimos, que le separan ya de los mejores especialistas mundiales de los 110 metros vallas, la prueba en la que ya ha sido subcampeón de Europa y cuarto en una final olímpica.

Este jueves, en el mítico estadio Letzigrund, en Zúrich (Suiza), desinhibido, ya sin complejo alguno, se coloca en los tacos de salida con la peor marca de los ocho finalistas de la Diamond League y 13,12s más tarde cruza la meta en segunda posición, solo por detrás del estadounidense Cordell Tich (12,92s), el hombre que ya ha bajado cuatro veces de 13 segundos esta temporada. Llopis da un puñetazo encima de la mesa a poco más de dos semanas del Campeonato del Mundo de Tokio.