La pitaya para unos, pitahaya para otros, fruta del dragón para todos, es sorprendente gracias a su color púrpura y ejemplares que pueden alcanzar el medio kilo. Tiene una belleza exótica, que entra por los ojos y consigue hacer del frutero de la cocina una obra de arte. Y va más allá de su imagen: “Cuando la cortas por la mitad empieza la magia”,

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ayer_p&utm_medium=desktop&nd=1&dlsi=3ae438c547f14776" rel="" data-link-track-dtm="">dice el chef José Andrés en su podcast Longer Tables, donde destaca su aroma tropical y una pulpa blanca, rosa, roja o amarilla siempre repleta de minúsculas pepitas. “Después de comprar una por primera vez, formará parte de tu mesa para siempre”, añade el cocinero sobre una fruta que busca quitarse la etiqueta de carecer de sabor. Porque lo tiene: puede alcanzar hasta los 24 grados Brix, es decir, el mismo dulzor que una uva. “La clave está en recogerla en su momento adecuado”, afirma José Ángel Cano, que impulsa desde hace un lustro una pequeña producción en una finca al este de Málaga y cree que el estereotipo de insípido viene de productos importados antes de tiempo desde Asia.

La pitaya es una liana trepadora de la familia de los cactus y originaria de los bosques semisecos de Centroamérica, aunque hoy tiene ya una gran adaptación y aceptación en muchos países de Asia. En Europa es prácticamente una desconocida y su llegada comercial a España se produjo ya entrado el siglo XXI. Primero en Canarias y, después, se ha extendido a lo largo de casi todo el Mediterráneo, desde Valencia hasta Almería, aunque también hay alguna parcela en Huelva y el sur de Portugal. Son siempre pequeñas superficies que, entre todas, apenas suman 50 hectáreas, lejos de grandes producciones en países como Israel, China, Tailandia, México o Estados Unidos. Es la cifra que ofrece el sector, porque el peso de esta fruta es, de momento, tan minúsculo que el Ministerio de Agricultura carece de estadísticas oficiales. Hoy, la producción nacional ronda las dos toneladas y ya hay más demanda que oferta, por eso su precio alcanza entre seis y ocho euros el kilo en las fruterías y supermercados. Y aunque en el imaginario colectivo de quienes la han probado sobrevuele la escasez de sabor, agricultores y cooperativas subrayan que es un producto con futuro por dos cuestiones clave. La primera, su escasa necesidad de agua: unos 1.500 metros cúbicos por hectárea y año, es decir, cuatro veces menos que el tomate y casi seis veces menos que el aguacate. La segunda, sus relevantes características nutricionales.