El aguacate no es el nuevo tomate ni la nueva patata, para plantarlo es necesario invocar a su alrededor una burbuja artificial de clima subtropical
¿Puede ser el aguacate el nuevo tomate o la nueva patata? Aun viniendo de fuera, ¿se puede llegar a integrar con total naturalidad en nuestras cocinas tradicionales hasta tener un papel central? Para mí, la respuesta a este debate es un “no” diáfano y claro como una mañana de verano. ...
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Empecemos por lo evidente: la ecología. Una de las claves de que la patata se convirtiera en la reina de la alimentación europea es su condición de todoterreno. La planta le exige muy poco al suelo e, incluso en condiciones paupérrimas, puede llegar a dar hasta cuatro cosechas anuales. Está perfectamente adaptada a nuestro clima y es un carbohidrato complejo de digestión lenta, que sacia durante horas y ha alimentado naciones enteras cuando no había nada más, sin invernaderos, ni riegos automáticos, ni modificaciones genéticas. Con el tomate, el fenómeno es aún más extremo. La tomatera es una especie de mala hierba capaz de arraigar y prosperar en los lugares más inverosímiles: desde los márgenes de las vías del tren hasta solares abandonados o parterres urbanos.






