Habría sido una llegada de dibujos animados, el malo corriendo a cámara lenta mientras el bueno se acelera en su persecución consumiendo metros con sus zancadas mientras el perseguido avanza centímetros, una emoción infantil, si las huellas de la lucha agónica no se hubieran estampado tan dramáticamente en los rostros desfigurados, en las piernas crispadas, de Amanal Petros y Alphonce Felix Simbu, que pelearon hasta el último centímetro en la rapidísima pista de Mondo del Estadio Nacional de Tokio, fabricada para los sprinters, decisiva para los maratonianos.
Habría sido la final de los 100m, una decisión de fotofinish, una diferencia de tres centésimas entre el primero y el segundo, si antes ambos no hubieran corrido –calor abrumador al amanecer, humedad del 90%, una prueba de supervivencia no una carrera—42.194 metros y medio durante casi dos horas y 10 minutos.
Nunca un maratón se decidió con tan poca diferencia, nunca olvidará, seguramente, Petros el miedo que recorrió su cuerpo cuando, creyéndose ganador, con una ventaja de casi 10 metros a falta de 30, sentía a su espalda --no necesitaba verlo aunque volvía la cabeza desesperado—una brisa heladora que le congelaba. Era Simbu que, pecho adelantado ya, como preparado para lanzarse sobre la cinta, aceleraba y se acercaba, se acercaba. En un último esfuerzo, desesperado, Petros, un alemán grande, muy fuerte, que había comenzado a esprintar en la boca del túnel, a 400 metros de la llegada aprovechando que Simbu se había despistado y seguía recto en vez de girar hacia el estadio, se lanza sobre la cinta como quien se tira a la piscina, un plongeon doloroso e inútil: Simbu, su pecho casi de ave, una quilla, se ha adelantado. 2h 59m 48s ambos. Tres centésimas más el alemán que, derrotado, ya que la tierra no le traga como seguramente desearía, intenta tragarse la cinta que se ha enredado en su cuerpo en su lanzamiento en plancha.









