Un puñado de mujeres se arremolina en torno a un cayuco que desembarca pescado en el puerto de Kamsar, en el norte de Guinea-Conakry, bajo el sol abrasador de finales de junio. A pocos metros, Ousmane (nombre ficticio) observa la escena con desgana. Él conoce bien todo lo que se mueve en el muelle. No quiere hablar, demasiados ojos y oídos alrededor. Diez minutos más tarde, a la sombra de un pequeño puesto de venta de galletas y bolsitas de agua, se anima por fin. “Sí,

="https://elpais.com/espana/2025-08-05/el-sueno-roto-de-adama-y-mami-keita-la-historia-de-una-madre-y-su-hija-de-cinco-anos-que-se-ahogaron-tras-volcar-un-cayuco-en-el-hierro.html" data-link-track-dtm="">se está organizando una salida para pasado mañana”, dice en voz baja.

Tres días más tarde se confirma la noticia anunciada por Ousmane. Una embarcación con 136 personas, entre ellos 30 mujeres y 39 menores de edad, es interceptada en aguas próximas a Kamsar. “Nos enfrentamos a una situación preocupante. La emigración clandestina se ha convertido en un desafío nacional e internacional”, asegura a los medios Amadou Oury Diallo, fiscal de la región de Boké. Por su parte, Kaba Mangoya Sylla, subprefecto de Kamsar, advierte: “Es una vergüenza que esto se repita una y otra vez en mi zona de competencia. Aquellos que se sumen a las redes de emigración serán identificados y llevados ante la Justicia”. Sin embargo, en las semanas siguientes, otras dos embarcaciones ponen rumbo a Canarias, ambas interceptadas en Mauritania.