Tras someterse el lunes a una moción de confianza que él mismo había convocado, François Bayrou no tardó en dimitir como primer ministro de Francia. En el discurso que hizo para defender
rel="" title="https://elpais.com/internacional/2025-07-15/bayrou-anuncia-un-plan-radical-de-recortes-de-44000-millones-para-frenar-la-deuda-francesa.html" data-link-track-dtm="">su plan de recortes de 44.000 millones de euros dijo algunas cosas de las que acaso convenga tomar nota. Al margen de que su propuesta fuera más o menos acertada, y hay quienes consideran —con razón— que iba a golpear sobre todo a los que menos tienen, lo que no admite discusión es que el peso de la deuda empieza a ser insostenible en el país vecino. El diagnóstico de que el enfermo está grave lo comparte la mayoría de partidos, pero no hay manera de encontrar una salida al problema. La imagen que transmite la Francia de Macron es de impotencia y fracaso; es el cuarto primer ministro que cae desde que inició su segunda presidencia.
Bayrou dijo, por ejemplo, que “la sumisión a la deuda es como la sumisión por la fuerza militar”, que lo que se pierde es la libertad de gobernar, que los márgenes de maniobra se estrechan todavía más. Explicó que el sistema educativo no funciona en Francia, y que su degradación está llevando a “una caída en el dominio de los fundamentos de la escritura”. Habló también del “desequilibrio demográfico debido al envejecimiento de los franceses” y de la necesidad de integrar a los inmigrantes, la tabla de salvación a la que se aferran los países europeos para salir del atolladero. A Alemania tampoco le va bien. Así que los dos grandes motores de la Unión Europea están llenos de ruidos y pueden gripar en cualquier momento. Son malas noticias.















