Los tetras mexicanos son una especie de pez muy peculiar. Se encuentran en muchos ríos y lagos de México y el sur de Texas, donde parecen perfectamente normales. Pero, a diferencia de la mayoría de los demás peces, los tetras también viven en cuevas. Y allí, en ausencia de luz, tienen un aspecto radicalmente diferente: son muy pálidos y, sorprendentemente, carecen de ojos.
Una y otra vez, cada vez que una población era arrastrada a una cueva y sobrevivía el tiempo suficiente para que la selección natural hiciera su trabajo, los ojos desaparecían. “Pero no es que los peces de cueva lo hayan perdido todo”, afirma la genetista Jaya Krishnan, de la Fundación de Investigación Médica de Oklahoma. “También se han producido muchas mejoras”.
Aunque la desaparición de sus ojos sigue fascinando a los biólogos, en los últimos años la atención se ha desplazado hacia otros aspectos intrigantes de la biología de los peces de cueva. Cada vez está más claro que no solo han perdido la vista, sino que también han adquirido muchas adaptaciones que les ayudan a prosperar en el entorno de las cuevas, incluidas algunas que pueden contener pistas para el tratamiento de la obesidad y la diabetes en las personas.






