Volcanes submarinos, ecosistemas muy vivos a pesar de no tener luz solar, sobrecogedores ruidos que emergen de las profundidades marinas, civilizaciones sumergidas, criaturas desconocidas, el canto de las ballenas… Los enigmas del mar son tan inmensos como el mismo océano. Incógnitas que alimentan la leyenda de un mundo sumergido que fascina a la humanidad desde la antigüedad. Un misterio que se va agrandando porque hoy en día, y a pesar de todos los avances tecnológicos, apenas conocemos el 5% de los océanos. Sí, aunque parezca increíble, casi resulta más fácil mandar expediciones al espacio que a la Fosa de las Marianas (a 11.020 metros de profundidad), un lugar en el que las intensas presiones y la nula visibilidad traen de cabeza a los oceanógrafos.

Sin embargo, hay una actividad que no debería de ninguna manera pertenecer a este grupo de enigmáticas incógnitas. Tanto por el importante rol que representa en el futuro de la alimentación del planeta, por su papel en la salud a la hora de facilitar proteínas de calidad a la población o por su importante alianza con la pesca extractiva responsable, la acuicultura no debería ser un secreto para nadie.

Lamentablemente, para algunas personas todavía lo es. Según un estudio de GFK, aún hay un tercio de la población que no tiene ni idea de que existe algo llamado acuicultura, y ello perpetúa muchos de los prejuicios que, basados en falsedades o medias verdades, se adjudican al sector acuícola. Pero conocer la verdadera información sobre cómo se cultivan los peces en los mares y ríos de España hará que naufraguen todos esos bulos infundados.