Garantizar pescado para una población en crecimiento sin comprometer la salud de los océanos es uno de los grandes desafíos del siglo XXI. Una acuicultura responsable y eficiente, como la que hoy se hace en España, representa algo más que una tendencia: asegura alimento para todos y contribuye a la conservación de especies

Los mejores chefs del mundo coinciden en algo esencial: el respeto absoluto por el producto. La cocina más auténtica no busca disfrazar ni ocultar, sino revelar. Mucho antes de engalanarlos con la receta ⎯tradicional o rompedora⎯ cuando a los alimentos frescos se les permite hablar, nos cuentan mucho: de su origen, de su entorno y de la mano humana que los acompaña. Historias que se esconden entre sus texturas, sus aromas y colores. El pescado, especialmente, transporta consigo un mensaje del mar y los ríos, un reflejo de sus ecosistemas y de su riqueza. Algunas de sus pieles, como la de la lubina, plateada y brillante, funciona como una pequeña esfera para quienes juegan a ver el porvenir. A través de su reflejo se puede vislumbrar el futuro de la alimentación.

Que este pescado se erija en protagonista no es casual. Hoy, cerca del 98% de la lubina que consumimos procede de la acuicultura, una actividad que permite conciliar la protección de los ecosistemas marinos y fluviales con la necesidad de alimentar a una población mundial en constante crecimiento. Según la FAO, se prevé que en 2050 el planeta alcance los 9.700 millones de habitantes, un 34% más que en la actualidad. Fijarse en la piel radiante de una lubina es imaginar un mañana en el que el pescado siga formando parte de nuestra dieta sin comprometer la salud de los océanos y ríos, una visión que se extiende a la dorada, la corvina, el rodaballo, la anguila, el atún rojo, la trucha arcoíris o el esturión, por ejemplo.