A primera vista, parece una banda llegada de otra década. En un mundo que ya casi solo rinde culto a los solistas, resulta extraño y casi anacrónico ver llegar a seis músicos juntos para conceder una entrevista. Pero Black Country, New Road no son conocidos por seguir la corriente. Formados en Cambridge, se han consolidado como una de las bandas británicas más magnéticas e inclasi...

ficables de su generación. Su propuesta combina el rock experimental con la sensibilidad de un sexteto de cámara, atravesado por ecos de folk espectral y una ambición lírica que han convertido en su sello. En sus canciones conviven la densidad emocional y el desaliño posadolescente. Son cool como uno era cool allá por el último cambio de milenio: sin esfuerzo ni ostentación. Nacieron de la escena estudiantil de su ciudad, un ecosistema pequeño pero fértil donde todo el mundo coincidía en los mismos bares. Allí, estudiando en colegios rivales y subiéndose a escenarios minúsculos, forjaron la complicidad que sigue sosteniendo al grupo.

Tienen entre 24 y 28 años. Se presentan uno a uno: Charlie Wayne (batería, pelirrojo de gesto sereno y reflexivo), May Kershaw (teclados y acordeón, silenciosa pero atenta), Luke Mark (guitarra, con bigote prominente y un ingenio afilado), Tyler Hyde (bajo y clarinete, cuyos rasgos melancólicos esconden a una mujer vivaz y graciosa), Lewis Evans (saxofón y flauta, recuerda a un Sufjan Stevens algo más desgarbado) y Georgia Ellery (violín y mandolina, mirada intensa y discurso firme). Llegan con retraso: se han perdido en “un supermercado gigante” de Glòries, junto a su hotel barcelonés, donde se alojaron durante su paso por el último Primavera Sound. Fue su tercera visita a un festival que les gusta, según dicen, por “tener lugar sobre cemento”.