Imagine que llega a casa después de un día agotador de trabajo y tareas familiares. ¿Hacer ejercicio? Su intención quizá era salir a caminar o ir al gimnasio, pero una voz interna —y el reloj— le dicen: “No tengo tiempo”. No está solo: la falta de tiempo es, con diferencia, la barrera más citada para la actividad física regular. En España, las encuestas lo confirman: la mayoría de las personas sedentarias señala la falta de tiempo como su principal impedimento (un 34,6% de la población), muy por encima de otras razones como la falta de interés o los problemas de salud. No es de extrañar entonces que casi la mitad de los españoles no practique deporte alguno de forma habitual. Y esta realidad trasciende fronteras: a nivel global, uno de cada cuatro adultos (unos 1.400 millones de personas) no alcanza las recomendaciones mínimas de actividad física.

Paradójicamente, a pesar de no tener tiempo, dedicamos varias horas al día a actividades sedentarias. Por ejemplo, los españoles pasan de media más de tres horas diarias viendo la televisión. Minutos y horas se escapan en redes sociales, streaming o simplemente en el sofá recuperando energías. Entonces, ¿realmente nos falta tiempo o el ejercicio no está siendo prioridad? Planteada así la pregunta, puede hacernos reflexionar. Para ayudarnos a entender por qué el tiempo se vive como ese obstáculo insalvable, un grupo de investigadores ha propuesto un nuevo enfoque que va más allá de la simple excusa.