Francia asistirá el lunes por la tarde, con toda probabilidad, a la caída del primer ministro, François Bayrou, derrotado por una moción de confianza que él mismo ha convocado sin contar con los apoyos necesarios para superarla. El democristiano ha durado apenas ocho meses en el cargo; pero bastante más que su predecesor, Michel Barnier, que resistió solo tres meses. Será el cuarto jefe del Gobierno en perder su puesto durante la segunda legislatura del presidente de la República, Emmanuel Macron, que comenzó en 2022. Y el tercero en poco más de un año. Su salida significará, como mínimo, volver a nombrar a un primer ministro y a otro Ejecutivo en Francia. Eso, o convocar elecciones legislativas solo un año después de las últimas, que sumieron al país en una histórica situación de bloqueo. Una solución que ni siquiera garantizaría poner fin a una inestabilidad más propia hasta ahora de países como Italia.

Macron, cuya impopularidad ha alcanzado un nuevo récord —solo el 15% de los franceses confía en él, según las encuestas—, se encuentra al borde del abismo político de nuevo. El jefe del Estado ha renunciado prácticamente a todas las reformas que anunció a su llegada al Palacio del Elíseo en 2017. Bayrou, epítome de la vieja política, encarna el callejón sin salida en el que se encuentra. Su propuesta de recortar 44.000 millones de euros del gasto público y la convocatoria de una innecesaria, y casi suicida, moción de confianza para este lunes han certificado el final de su mandato.