La voz grave, tranquila, experimentada, resuena entre el azote del viento, las rachas de humo y las sirenas de los helicópteros que actúan sobre un incendio cercano. El hombre es alto, fibroso, lleva el pelo negro largo recogido, luce barba, tiene ojos oscuros, decora su rostro con varios piercings, varios aros cuelgan de sus orejas y la tinta cubre su piel con motivos de incendios o bosques: “Este soy yo, el caos y el orden”. Nacho Martín, de 42 años, es bombero forestal y busca poner orden donde reina el caos, especialmente entre fuegos incontrolables que acaba domesticando. Suma 22 años en el gremio e incontables viajes a Sudamérica con su ONG SOS Wildfire, donde intenta actuar y formar para contener fuegos desoladores. Ahora trabaja en León, tierra devastada por las llamas, en un “descontrol” impropio de Europa: “Castilla y León se parece demasiado a países tercermundistas”.
El compromiso de Martín con los más desfavorecidos hizo que abandonara un puesto estable como bombero en las brigadas del Ministerio de Transición Ecológica para abrazar la precariedad de la Junta de Castilla y León, cuyo operativo mayoritariamente temporal conlleva que muchos brigadistas deban buscarse la vida varios meses… o colaborar en otros países. “Era casi una necesidad personal de poder hacer algo con las tragedias medioambientales que pasan año tras año en todas partes del mundo”, argumenta el salmantino de cuna y ahora afincado en Filiel (León), pues trabaja en una base cercana. Esos focos que perseguía por medio mundo esta vez han irrumpido en sus dominios, donde ahora reclaman manos preferiblemente expertas, pues la escasez de medios autonómicos baja el listón de exigencia.






