“No te equivoques: mi NDA es más grande que el tuyo”. La frase, uno de los momentos álgidos de la por otro lado olvidable comedia de Amazon Rojo, blanco y sangre azul, demuestra hasta qué punto esas tres letras (que corresponden a non disclosure agreement, es decir, acuerdo de no divulgación o pacto legal de silencio) se han convertido en uno de los acrónimos de moda, cada vez más presente en las ficciones contemporáneas. Las historias más o menos verosímiles sobre gente común que se ha visto forzada a firmar uno antes de tener relaciones sexuales con una celebrity proliferan en las redes.

Según algunos cronistas del fenómeno, los famosos los intercambian entre ellos con fruición, bromean sobre la necesidad de tener uno siempre a punto y los exigen cuando invitan a sus fiestas privadas a personas anónimas. Taylor Swift ironiza sobre el concepto en sus canciones, pero ha llegado a pedir que se lo firmen incluso personajes tan periféricos en su órbita estelar como Ethan Hawke, que hizo una cameo en uno de sus vídeos no sin comprometerse previamente por escrito a no hablar de ello ni a sus hijas. Billie Eilish tiene un tema, titulado, precisamente, NDA que incluye una nada críptica referencia a un “chico guapo” que pasa la noche en su mansión de Los Ángeles pero no se queda a desayunar y deja firmado antes de irse uno de esos documentos (“porque con una vez es suficiente y no me importa una mierda lo que tenga que decirme”).