Las imágenes del concierto de la banda británica Coldplay en el Gillette Stadium de Boston (Estados Unidos) en las que una pareja de compañeros de trabajo era sorprendida abrazada por la Kiss cam (cámara de los besos) se han convertido en un fenómeno viral, con múltiples reproducciones en las redes sociales, y en tema recurrente de conversación. Andy Byron, director ejecutivo de Astronomer, y Kristin Cabot, jefa de recursos humanos de la misma empresa, han copado el foco del debate no solo por su affaire ―al estar ambos casados con otras personas―, sino por el hecho de que comparten espacio de trabajo. O compartían, porque Byron renunció el pasado sábado a su puesto, después de que la compañía, especializada en herramientas de infraestructuras de datos para empresas, lo apartase tras abrir una investigación al respecto. Y Cabot formalizó su abandono el pasado viernes tras varias semanas soportando una enorme presión ante la que dijo basta. Pero, ¿qué hubiera pasado si en lugar de trabajar para una empresa estadounidense lo hicieran para una española? ¿Es, en definitiva, un riesgo tener una relación con un compañero de trabajo?

Las legislaciones laborales española y norteamericana se encuentran en extremos opuestos en cuanto a la figura del despido. En Estados Unidos este es prácticamente libre, con muy pocas excepciones, como razones de discriminación por raza, sexo o religión; o si, en el caso de los amantes de Coldplay, solo se despidiera a una de las partes. Pese a que la normativa laboral dista mucho de un estado a otro, en general, la mayoría de ellos se basan en la doctrina employment at will (empleo a voluntad), que da carta blanca a las compañías para ejecutar estas interrupciones.