El germen del odio no es la maldad, sino el miedo. ¿A qué tememos tanto para que se incrementen los delitos de odio por aporofobia como lo han hecho? Este verano nos ha dejado un dato preocupante, procedente de un informe del Ministerio del Interior: los delitos contra las personas sin techo se incrementaron en más de un 30% durante 2024.
La noticia me pilló leyendo el último libro de Nazario, Crónicas del gran tirano, un texto autobiográfico que describe con precisión y crudeza el progresivo acercamiento del artista a las personas sin hogar que viven al lado de su casa, en la Plaza Real de Barcelona. Nazario las conocía de verlas desde su ventana durante años, como tantos de nosotros en nuestros hogares, pero jamás se había dirigido a ellas ni habían cruzado una sola palabra, ni tan siquiera una breve mirada de reconocimiento. El sincronismo de mi lectura con la noticia me impactó aún más cuando supe que Barcelona es la ciudad de España con más delitos de odio. De los 24 casos registrados en todo el país, seis fueron en nuestra capital y provincia, es decir, uno de cada cuatro casos.
La soledad y el dolor emocional condujeron a Nazario a aproximarse a esas personas que vivían tan cerca de él, pero que estaban, sin embargo, tan lejos. Cuando los vio por primera vez en su globalidad, como seres humanos completos, se sorprendió del descubrimiento y comenzó a tejerse entre ellos una red de diálogos, ayudas, comprensiones y contradicciones que podrían considerarse lazos de amistad. La cercanía y el conocimiento acabaron con el miedo.






