“El 40% del consumo de energía se destina a la vivienda: a la construcción y a su habitabilidad”. Lo recuerda Luis A. Pérez-Maqueda, profesor de investigación del Instituto de Ciencia de Materiales de Sevilla (ICMS). Y aproximadamente el 63% de esta no se aprovecha de forma eficaz. Conseguir edificaciones sostenibles es una prioridad en un sector que dilapida recursos y para el que se investiga mucho, pero cuyos resultados se aplican en mucha menor proporción. La tecnología busca edificios que acumulen y devuelvan energía en los momentos precisos y de la forma adecuada, como si fueran gigantescas pilas, o que se comporten como la termorregulación del cuerpo humano o las orejas de un elefante.

Tras la construcción, la mitad del consumo energético de una vivienda se destina a mantener un ambiente confortable. “En un mundo ideal, un edificio no perdería temperatura, pero desde un punto de vista realista de la capacidad de construcción, problemas como los puentes térmicos, las fugas de aire de los conductos, el rendimiento de los materiales y los detalles de las juntas siempre supondrán pérdidas”, explica Rhythm Osan, investigador de la Universidad de Drexel (EE UU) y coautor de un estudio sobre materiales de construcción con capacidad de termorregulación.