Cuando el cine pretende ennoblecer sus tramas con brochazos de pintura y versos de manual, lo que surge rara vez es arte, sino su impostura. Y Amor en cuatro letras, basada en una novela de Niall Williams (al parecer, un best seller), adaptada al cine por el propio escritor y dirigida por Polly Steele, es un ejemplo de libro: cursilería disfrazada de lirismo; drama envuelto en celofán poético; romanticismo de saldo que no se sabe si es peor en su letra, o en sus imágenes.
Los textos y los acontecimientos del novelista y guionista Williams deambulan entre la religiosidad de las señales de Dios y los efectos dramáticos de una suerte de realismo mágico con el que compone lo que le da la gana sin que haya explicación para suceso alguno. Y Steele, en su tercer largometraje —ninguno de los anteriores llegó a los cines españoles—, le añade cánticos irlandeses por doquier e innumerables remilgos de cámara. En Amor en cuatro letras, ambientada en Dublín y en el Norte de Irlanda a principios de los años setenta, hay dos historias en una, con una presentación de personajes harto farragosa, y un desarrollo en paralelo que tarda demasiado en converger y que, por supuesto, resulta tan inexplicable como el resto de los eventos de la historia. Y no son pocos.






