Pablo Carreño (Gijón, 34 años) acaba de alcanzar la segunda estación del US Open al derrotar a Pablo Llamas pero, quién lo diría, no termina de creérselo. No lo saborea. “No lo disfruto como debería”, concede. Le tiembla ligeramente la voz y se expresa sorprendido, con dudas, como si hubiera descubierto la victoria. Es un Carreño completamente diferente al de hace no demasiado, a ese competidor de colmillos largos que llegó a figurar en el décimo puesto del circuito y que logró irrumpir en las semifinales del torneo neoyorquino. Después ganó un bronce olímpico y un Masters 1000, pero el codo le planteó más tarde una encrucijada: quirófano, descenso en el ranking —llegó a caer al puesto 1.052— y, ahora, el espinoso camino de retorno por el que transita. Conversa como el 137º del mundo.
Pregunta. Lleva un par de años tratando de remontar el vuelo, recurriendo incluso a torneos challenger para recuperar el terreno perdido. ¿Cómo se ve?
Respuesta. Quizá tengo que bajar un poquito las expectativas, ¿no? Hasta que me lesioné [2023, cuando tuvo que operarse del codo], mi nivel de exigencia siempre había sido muy alto y ahora lo mantengo; el problema es que quizá físicamente no me da para alcanzarlo y eso me frustra mucho, demasiado; no ya solo durante los partidos, sino también después. Me quita confianza y hace que no disfrute mucho, que dude, así que trato de llevarlo de la mejor manera posible.






