Desde que pisase otra vez suelo norteamericano, hace dos semanas en Cincinnati, donde logró su vigesimosegundo título, Carlos Alcaraz luce el mismo gesto positivo de siempre. Pero ahora, más si cabe. Basta con apuntar y retroceder a lo sucedido hace un año en este mismo escenario, cuando fue apeado en la segunda ronda del US Open por el holandés Botic vande Zandschulp. Entonces, un atropello inesperado. “Ahora estoy mucho más preparado”, se apresura a transmitir el murciano, que en su momento llegó física y mentalmente fundido a Flushing Meadows tras el esfuerzo ejercido en la cita olímpica de París. Poco o nada que ver esa circunstancia con la de hoy: fresco y hambriento, bastante más entonado.

Alcaraz pretende sacarle brillo durante las dos próximas semanas al sobresaliente trazado que ha firmado esta temporada, en la que ya ha logado seis trofeos —Róterdam, Montecarlo, Roma, Roland Garros, Queen’s y Cincinnati— y en la que litiga sin cesar con Jannik Sinner por el número uno. El italiano le superó en el desenlace de Wimbledon, pero antes había sufrido un duro golpe anímico en el de Roland Garros y el pasado lunes, aquejado de un virus, enseñó la bandera blanca en el preparatorio de Cincinnati cuando tan solo habían transcurrido 23 minutos de partido. Allí, el tenista español encarriló finalmente un par de pulsos espinosos contra Andrey Rublev y Alexander Zverev.