Hace una década hubiese parecido impensable que unas tarrinas de helado sin rastro de leche se colasen en el olimpo de las marcas más vendidas en los supermercados. Hoy, con el segmento a base de plantas en alza y un mercado cada vez más diverso y abierto a nuevas propuestas y sabores, Pink Albatross representa el triunfo de una rara avis. Esta es la historia del refrescante postre que soñó un trabajador de banca vegano. Unos helados sencillos, riquísimos y sin rastro de aditivos que echaron a andar en Ávila, y que el año pasado rebasaron con creces el objetivo de facturación de un millón de euros.
“Estuve trabajando en el sector bancario 12 años, en Madrid, Londres y Nueva York”, relata Luke Saldanha, uno de los fundadores de la marca heladera. Cuando llegó a La Gran Manzana –nótese la poética–, se hizo vegano. “Mi filosofía personal es que tenemos que reducir los productos de origen animal por ética, salud y medio ambiente”, explica. Allí la transición le resultó sencilla: la ciudad que nunca duerme era un hervidero de opciones vegetales, inexistentes en España por aquel entonces.
Además, su hija pequeña es alérgica al huevo, a la proteína de la leche e intolerante al gluten, por lo que encontrar dulces o helados ricos –”que diesen la talla, organolépticamente hablando”, detalla Luke– era una tarea casi imposible. “Casi todo lleva harina, nata, huevo y mantequilla”. La suma de todas estas circunstancias vitales encendió la chispa primigenia de Pink Albatross. ¿Y si fuese posible hacer helados totalmente vegetales, y absolutamente deliciosos? Resultó que sí.







