James Bond, el espía más famoso al servicio de Su Majestad, ha protagonizado este año alguna de sus misiones más insólitas. En el mes de mayo, Josef Kleindienst, un millonario austriaco con licencia para pujar, inició una guerra por la marca del icónico 007 y alguna de sus frases inmortales —“Bond, James Bond”—, alegando que había dejado de usarse porque no se lanza una película desde 2021. Además, Amazon compró los derechos de la franquicia del célebre agente y prepara su regreso triunfal a la gran pantalla. Y es que, si bien padre no hay más que uno —y el de Bond se llama Ian Fleming—, los personajes de ficción con estrella suelen protagonizar todo tipo de rifirrafes legales entre quienes aspiran a explotar la gallina de los huevos de oro.
Tras las recientes escaramuzas en el universo Bond, se desliza una pregunta: ¿quién es el verdadero dueño de estos héroes de papel y tinta? La ley dicta que el personaje pertenece a quien lo engendró, ya sea novelista, guionista o dibujante. La creación concede a sus progenitores la paternidad de la criatura desde el primer instante y, con ella, un amplio abanico de derechos sobre su nombre, existencia y explotación económica. El registro, aunque útil como escudo probatorio, no es obligatorio. En realidad, “la inscripción en el registro de propiedad intelectual es potestativa”, aclara Inés de Casas, asociada sénior de Elzaburu.








