La historia del comercio está llena de coincidencias. En junio de 1936 se aprobaron en Francia las vacaciones pagadas, un éxito sindical y político histórico que estableció el derecho de todos los trabajadores a disfrutar de asueto. El veraneo dejó de ser un privilegio y aquel año las playas de la Costa Azul se llenaron de turistas procedentes de todo el país. Y la inmensa mayoría de ellos acudió en masa a comprar un producto que acababa de salir a la venta y que prometía lo nunca visto: “broncearse sin quemarse”. Ambre Solaire, el primer protector solar industrial, fue una intuición del ingeniero químico Eugène Schueller, que supo anticiparse al furor playero. Por aquel entonces Schueller había inventado un innovador tipo de champú y fundado una empresa de productos capilares que fue el germen de lo que hoy es L’Oréal. Cuentan que encargó a sus laboratorios la creación de un protector solar harto de quemarse en sus regatas, pero el resultado de aquella petición fue mucho más allá de lo previsto. Porque, además de eficacia contra los rayos del sol, Schueller decidió perfumar su nuevo producto. Lo hizo con jazmín, uno de los aromas más populares de la época. No se imaginaba que, además de perfumar aquella loción, ese olor daría aroma a las playas y, por extensión, al verano. El olor a crema solar, con infinitas variaciones, es uno de los marcadores olfativos de la temporada estival. Y, como tal, es muy eficaz a la hora de evocar los meses más cálidos del año.