A un año de dejar el poder, el presidente Gustavo Petro atraviesa, una vez más, días de vértigo y confrontación. La misma semana que comenzó con la muerte del senador y precandidato de oposición Miguel Uribe Turbay, un magnicidio como los que Colombia no había sufrido en lo que va de este siglo, acabó con diversos frentes abiertos, que incluyen peleas públicas con su excanciller y con el empresariado reunido en Cartagena de Indias, además de una descertificación de la Administración de Donald Trump en la lucha antinarcoticos que se antoja cercana. Incendios políticos y diplomáticos aquí y allá que configuran un momento crítico para el primer presidente de izquierdas de la Colombia contemporánea, volcado en la búsqueda de un heredero que pueda darle continuidad a un proyecto que de momento no ha podido concretar el gran cambio que prometía.

“Nos duele la muerte de Miguel, como si fuera de los nuestros. Es una derrota. Cada vez que cae un colombiano asesinado, es una derrota de Colombia y de la Vida”, concedió el lunes Petro, al lamentar el fallecimiento del político de 39 años, que agonizó durante más de dos meses en la Fundación Santa Fe, la clínica de Bogotá a la que había sido trasladado desde el 7 de junio, cuando un sicario adolescente le disparó en la cabeza. De inmediato reaparecieron los fantasmas de una violencia política que se creía superada, en medio de un preocupante clima de polarización. Desde distintas orillas se multiplicaron los llamados para que el Gobierno se tome en serio su responsabilidad de proteger a los líderes de oposición y ofrecer garantías de seguridad para todos los candidatos de una campaña incipiente, marcada por la zozobra.