El presidente de Colombia afronta su peor crisis con Estados Unidos mientras el futuro de sus reformas sociales se tambalea
“Me volveré inolvidable, ¿cierto? Muchos hombres queremos serlo”, dijo esta semana ante las cámaras el presidente de Colombia, Gustavo Petro, en una declaración que dejó claro su profundo deseo de dejar una marca en la historia del país. Lo manifestó cuando apenas arrancaba la semana, el lunes, frente al periodista Daniel Coronell, y cuando ya estaba empezando una de sus peores crisis diplomáticas. Solo horas antes, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo había tildado de ”líder del narcotráfico”. Petro se mostró despreocupado. “¿Está usted más preocupado por su imagen?“, preguntó el veterano periodista colombiano ante la actitud desafiante del jefe de Estado. “Por mi herencia”, respondió el político de izquierdas.
Cuando faltan nueve meses para que deje el poder, el 7 de agosto de 2026, se agota su tiempo para pasar a la historia. En medio de la tempestad, el mandatario ha redoblado las apuestas y plantea un camino para mantenerse vigente incluso tras su salida de la Presidencia. Ese camino tiene un nombre: Asamblea Constituyente.
El presidente no se nota abatido, a pesar de la pésima semana para él, para su familia, para su Gobierno y para la izquierda colombiana. Por un lado, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos lo ha incluido en la lista OFAC o Clinton, al igual que a su esposa, a su hijo mayor y a su ministro del Interior, Armando Benedetti, alegando que tienen vínculos con el narcotráfico. Washington, además, ha congelado todas las ayudas a Colombia, lo que pone en entredicho una cercana alianza militar de décadas.






