Los registros escritos más antiguos del espigueo, que en algunas comarcas se conoce también como rebusco y que consiste en aprovechar lo que queda tras la recolección en los sembrados, están en el Levítico: “Cuando llegue el tiempo de la cosecha, no sieguen hasta el último rincón de sus campos ni recojan todas las espigas que allí queden. No rebusquen hasta el último racimo de sus viñas, ni recojan las uvas que se hayan caído. Déjenlas para los pobres y los extranjeros”.
En la comarca catalana de Baix Llobregat, en la provincia de Barcelona, la tradición ha arraigado profundamente gracias a la fundación Espigoladors, una organización que lleva 10 años tratando de extender esta actividad como solución al derroche alimentario. A ella pertenecen los 17 voluntarios de todas las edades que a mediados de julio llegan a una huerta en El Papiol (4.360 habitantes) a recoger peras de San Juan. Han acudido a instancias del dueño, que ha cultivado los frutos para polinizar, pero como las peras no pertenecen a la variedad que él comercializa, si nadie las retira, están condenadas a perderse.
Esta es justo la razón que llevó a tres amigos, la educadora social Mireia Barba, la politóloga Marina Pons y el actuario Jordi Bruna, a crear la fundación en 2014. Mientras en el campo el desperdicio es una realidad invisible, ellos veían cómo en las ciudades había personas que recogían de los basureros lo que nadie se comía. Pensaron que los desechos en los sembrados podían ayudar a reducir estas situaciones precarias y decidieron extender esta práctica ancestral a otros rincones de su comunidad. Desde hace unos años la colaboración con distintas organizaciones les ha llevado también a otros lugares de España.







