Pablo Ruiz vive en la calle desde hace cuatro años. No quiere comer de lo que otros dejan, pero prefiere hacerlo antes que rebuscar en la basura. Espera agazapado a las puertas de un restaurante en la localidad madrileña de Alcorcón escrutando a los comensales. Aguarda a que algún cliente se levante de la mesa para echar mano a los alimentos que apenas han sido tocados. La suerte le sonríe esa noche. Ha cogido una caja de patatas fritas prácticamente sin tocar.

—¿Por qué la gente pide algo que no se va a comer?

Este madrileño, de 41 años, se ha hecho esa pregunta durante el tiempo que lleva viviendo en la calle, justo después de perder el trabajo. Con los dedos cubiertos de salsa asegura tener una respuesta: “La gente no sabe lo que es el hambre”. Aunque España no figura entre los países con hambre aguda, la inseguridad alimentaria afecta al 13,3% de los hogares, lo que equivale a unos 6,2 millones de personas, según los datos de 2024 de Cruz Roja. La falta de acceso regular y suficiente a alimentos nutritivos perjudica especialmente a zonas urbanas con desigualdad creciente, según el Programa Mundial de Alimentos (WFP) que advierte de que en 2025 persiste la crisis alimentaria a escala mundial.