Unos tienen largas barbas oscuras y otros, claras. Algunos, en cambio, parecen estar recién afeitados. Sus glumas pueden ser alargadas, gruesas o de bellas formas geométricas. Los hay que al madurar tienden al amarillo, al marrón o al negro. “Mira este qué bonito”, dice entusiasmado Agustín Troya, de 49 años, mientras muestra un manojo de espigas de trigo raspinegro de Jubrique. Él es uno de los fundadores de la cooperativa malagueña Cereales Locales Ecológicos, formada por agricultores empeñados en recuperar semillas antiguas de este cereal para recuperar la biodiversidad, ofrecer un producto de cercanía al consumidor, mejorar la autonomía del agricultor y fomentar el desarrollo local frente a la despoblación. “Son todo ventajas”, asegura al tiempo que enseña ejemplares de escaña andaluza y trigo recio de Ronda.

Troya es un campesino singular. Estudió filosofía en Sevilla pero con el tiempo volvió a casa para encargarse de las tierras familiares. Cerca del medio siglo de vida aún acaricia y con la pasión de un principiante las espigas de los diversos trigos cultivados en una parcela experimental impulsada por la cooperativa junto a su sede, una humilde nave industrial a las afueras de Cuevas del Becerro (Málaga, 1.605 habitantes). El objetivo de esta minúscula finca es multiplicar las semillas para que no se pierdan. De paso, es una oportunidad para ver su comportamiento, sus tiempos, sus características, sus singularidades. “Así empezó todo”, subraya Rafael Galindo, de 50 años, otro de los fundadores del proyecto junto a Olmo Cabello y Alonso Navarro. Hace más de una década que arrancaron —entonces como asociación— a trabajar con cerca de 40 variedades de cereal, que obtenían de las reservas de viejos agricultores o de los bancos que tienen los Centros de Recursos Fitogenéticos del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria. Las seis que mejor se han adaptado desde entonces son las que hoy se comercializan: trigo recio de Ronda, escaña andaluza, candeal, corazón, raspinegro de Jubrique y florencio aurora. “Ha sido un trabajo complejo durante mucho tiempo, pero hemos conseguido pasar de un puñadito de grano a cultivar grandes superficies”, destaca Galindo.