Como hicieron su bisabuelo, su abuelo y su padre, José Carlos García, de 57 años, lleva toda su vida cultivando un tomate feo, poco productivo y muy delicado. Tanto, que hace dos décadas había desaparecido de la ruta comercial y apenas resistía con vida para el autoconsumo en el Valle del Guadalhorce, en Málaga, de donde es autóctono. “La mayoría de agricultores de la zona vendíamos variedades híbridas, más rentables, pero esta nos la quedábamos para nosotros porque su sabor es mucho mejor”, relata García, cuya familia, conocida como los Marala, guarda las semillas como oro en paño, igual que hacen otros hortelanos de la comarca. Un tesoro que en los últimos años ha ido saliendo a la luz hasta convertirse en la hortaliza estrella del verano malagueño, con más 300.000 plantas en la ribera del Guadalhorce y una producción que alcanzará este año el millón de kilos. Hoy, con la alta cocina rendida a su sabor, aroma y textura, el tomate Huevo de Toro es ya protagonista de tertulias, verbenas y catas, así como una ruta gastronómica que permite probarlo en gazpacho, porra antequerana, ensaladas o incluso torrijas en medio centenar de establecimientos de la provincia malagueña.
Ahora es el rey de Málaga, pero a principios de siglo esa hortaliza —como otras antiguas— iba camino del olvido. Lo tenía todo para desaparecer. Su manejo en el campo es complejo, su resistencia a enfermedades es baja y su tamaño es muy variado, porque hay ejemplares que pesan 150 gramos y otros hasta dos kilos. Su presencia tampoco atrae a los mercados. “Bonito, lo que se dice bonito… no es”, reconoce García, que hace 15 años apenas tenía 300 plantas de Huevo de Toro y hoy supera las 1.500 en sus fincas a mitad de camino entre los municipios de Coín y Alhaurín el Grande, que concentran el 70% de la producción. “Siempre han sido de calidad superior, pero el problema es que antes los números no salían”, destaca Margarita Jiménez, ingeniera agrónoma y técnica del Grupo de Desarrollo Rural (GDR) del Guadalhorce, quien cuenta que estas plantas son muy complejas de mantener. Necesitan de poda constante en sus primeras semanas y después hay que amarrar una a una sus ramas a unas estructuras de cañas que también hay que construir sobre la marcha. Además, su rendimiento dista de ser el mejor. Cada mata ofrece con suerte cuatro o cinco kilos, casi un tercio de las variedades más habituales en los supermercados.






