No hace mucho, señalábamos que parece que el interés por publicar autores no occidentales decae paulatinamente en España. La tendencia continúa. Cada vez es más difícil encontrar estas voces diferentes que aportan una visión del mundo que rompe con la homogeneidad cultural que tiende a imponerse por todas partes. Sin embargo, algunas escasas excepciones permiten abrir una ventana a esas literaturas que vienen de los márgenes del canon intelectual impuesto y muestran que aunque este planeta es muy diverso, los problemas e interrogantes a los que se enfrenta el ser humano son muy similares, independientemente de la latitud donde se halle.

Ruanda, Argelia, Camerún, Timor Oriental, Guyana o el mundo árabe se cuelan en esta líneas para mostrar que el horizonte de las literaturas es amplio y diverso.

El Jacarandá de Gaël Faye (Salamandra, 2025. Traducción del francés de María Lydia Vázquez Jiménez). Mucho se ha escrito sobre el Genocidio de Ruanda, desde sus antecedentes a su desarrollo. Novelas como La mujer descalza y Nuestra señora del Nilo de Scholastique Mukasonga, o Murambi, el libro de los huesos, de Boubacar Boris Diop, son solo algunos de los ejemplos más sobresalientes. El mismo Faye lo trata en su primera novela, Pequeño País. Pero nunca antes se había escrito sobre qué pasa años después del fin de la tragedia, si es que esta tiene un final, o cómo una sociedad sobrevive a una experiencia tan traumática. Cuestiones como ¿de verdad existe el perdón?, ¿es necesario olvidar?, ¿las víctimas realmente encuentran restitución?, ¿pueden rehacer sus vidas tras la muerte de los seres queridos?, ¿qué pasa con los perpetradores y sus colaboradores?, ¿se pueden reintegrar en la sociedad?, ¿cómo un acontecimiento de tal magnitud condiciona a los jóvenes que nacen años después? Estas son algunas de las preguntas que el autor se plantea en este libro. Y lo hace con ese estilo sencillo, directo, ausente de circunloquios y adjetivos inútiles, con el difícil equilibrio de estar siempre en un terreno hipersensible, sin caer nunca en la sensiblería. Una historia no carente de mucho dolor que, al mismo tiempo, recorre los cambios físicos que Ruanda ha experimentado en los últimos 30 años.