Aunque la Unión Europea aspira a crear un verdadero mercado único eléctrico, todavía hay muchas competencias que corresponden a los Estados miembros. Una de ellas, muy destacada, es la composición del mix de generación eléctrica. Cada país puede decidir qué peso da a cada fuente energética: renovable, nuclear, fósil. Y así se explica que mientras en España, Alemania o Dinamarca las renovables (solar, eólica, hidráulica) superan el 50%; en Francia o en Eslovaquia la energía atómica está por encima del 60%; y, en Polonia, los combustibles fósiles alcanzan el 71%, según los números de la UE.
Esta disparidad a la hora de elegir cómo generar la electricidad no quiere decir que no haya unas directrices básicas que emanen de la UE. Por ejemplo, hay una muy clara: la Unión se ha marcado el objetivo de ser una economía sin emisiones de carbono en 2050. Este ambicioso objetivo pone fecha de caducidad clara a la energía fósil. Y es ahí donde ganan protagonismo las otras fuentes: renovables y atómica. Ese objetivo temporal no es el único que condiciona las decisiones de las capitales. También están las ayudas de Estado: la energía nuclear —especialmente cuando se trata de poner en marcha un nuevo reactor— precisa de inversiones ingentes que no pueden hacerse sin el respaldo público.







