Las plantas de maíz se susurran mensajes para defenderse de sus enemigos. Cuando están muy juntas, una sustancia volátil que liberan induce a las vecinas a producir compuestos que frenan su crecimiento, pero activa sus defensas contra las plagas. No solo eso, modifican el microbioma del suelo con el que interactúan, dejando un legado defensivo en la tierra que prepara el sistema inmune de la siguiente generación. El descubrimiento, publicado en Science, abre la puerta al uso de sustancias propias de la planta como plaguicida.

Con un diseño experimental impecable, un grupo de investigadores chinos, suizos y holandeses quería investigar las mejores condiciones y las consecuencias del cultivo de maíz de alta densidad. Desde hace unas décadas, sembrar muy juntas las plantas de esta y otras gramíneas, como el trigo y el arroz, ha permitido multiplicar la producción de estos productos básicos para la población mundial. Pero toda aglomeración tiene sus riesgos: si entra una plaga, lo tendrá más fácil para propagarse, como bien demuestran los virus humanos.

Lo que hicieron fue plantar campos con una baja densidad de 60.000 plantas por hectárea y otros, con el doble, 120.000/ha. Vieron que, mientras en los bordes de ambos no había grandes diferencias, las plantas del interior de los superpoblados modificaban su sistema radicular y reducían la altura a la que llegaban las mazorcas, la concentración de clorofila o la cantidad de granos por mazorca. Confirmaron así que la densidad afecta al crecimiento. Pero también observaron un daño significativamente menor por plagas allí donde crecían más juntas.