Donald Trump continúa inundando la zona. Cada día al menos hay una noticia de impacto procedente de la Casa Blanca. Estos días estivales están siendo especialmente prolíficos en este sentido. Aranceles, inmigración, lucha contra el narcotráfico y, por supuesto, Ucrania, Gaza, y ahora también, Azerbaiyán y Armenia. No hay nada dónde el presidente estadounidense no esté presente. Esta ya fue su estrategia durante su primer mandato, una estrategia que ahora agudiza todavía más.
En el caso de la política internacional, esto es especialmente significativo. La crisis de hegemonía por la que transita Estados Unidos quiere ser revertida a través del Make America Great Again (MAGA), que, en este ámbito, supone la reversión de la globalización neoliberal, un sistema que ya no da réditos suficientes al país en términos trumpianos. Aquellos que siguieron al imperio norteamericano hasta aquí ahora se encuentran en un serio problema; aquellos que hicieron su propio camino y aprovecharon las oportunidades que les brindaba el sistema de manera autónoma se sitúan ahora como rivales sistémicos y son percibidos como una amenaza; esto es, China. Es en este contexto más geopolítico dónde deben analizarse los distintos movimientos que está realizando Donald Trump. La política arancelaria es utilizada como instrumento de presión política que trasciende los tecnicismos con los que, en ocasiones, se analizan.








