Es un filón. Es el cine o, en este caso, las series de tacitas, que reflejan los agitados universos del siglo XVIII y XIX entre tediosas o tumultuosas escenas en comedores, cocinas, dormitorios o inmensos jardines en casas victorianas, en chateaus franceses o en mansiones sureñas norteamericanas, en las que nunca faltan juegos de loza de té o café. Narran, con mayor o menos ventura, vidas peligrosas que transcurren entre espacios abiertos, embarrados y verdes, en habitaciones sofocantes, con un hálito espeso como de enfermedad incurable, o en oscuros establos, con olor a heno sucio y un aire de pólvora de las pistolas de caballería. ...
Son series o películas donde la convivencia es muchas veces aterradora, donde se dan copiosas cenas a la luz de candelabros y se sacuden la modorra con melodías al piano, entre miradas de odio cerril o el más gentil amor. La joven George Sand (dirigida por Rodolphe Tissot, 2025) pertenece a ese género, pero lleva dinamita dentro.
La primera escena es una violación —cotidiana, banal, llena de rabia— de un marido a su mujer en el lecho matrimonial. “¡Estoy en mi derecho!”, se indigna el barón Dudevant cuando una noche más, su mujer, Aurore Dupin, forcejea para quitárselo de encima.






