Kim da vida al diario, hallado en un mercadillo, de una mujer desconocida enamorada de un hombre casado que se debate entre la sumisión al modelo romántico y la emancipación

La vida ajena nos atrae con un magnetismo perturbador, resulta indudable, pero no la que se narra de una forma canónica desde el género biográfico, con su estricta cronología progresiva y análisis concienzudo, sino esa que vemos a través de la ventana abierta de un vecino, como Jeff desde su silla de ruedas en la película de Hitchcock. Lo que nos produce esa pulsión es lo prohibido, la exposición de una intimidad a la que lógicamente no estamos invitados, pero que nos despierta una fascinació...

n casi pecaminosa. Cuando Kim compró en el rastro un cuaderno con unas bonitas letras doradas impresas que decían “El meu diari”, puede que solo existiera el germen de esa curiosidad, similar al de una foto encontrada en la calle desde la que mirar la vida de los demás. Sin embargo, conforme la propietaria de aquel diario desgranaba sus preocupaciones y sentimientos, el dibujante de obras maestras como El arte de volar o El ala rota iba descubriendo la historia esbozada tras cada entrada y la necesidad de compartirla, la de un amor prohibido entre una joven de la burguesía catalana y un acomodado hombre casado en la Barcelona de la guerra y la posguerra.