La nueva novela de Emmanuel Carrère es, paradójicamente, muy televisiva

En algún momento de mediados de los años sesenta, Emmanuel Carrère descubrió que en las casas de sus amigos había algo que la suya no tenía: una televisión. En chez Carrère se mataba el aburrimiento leyendo, y así se conectó el futuro escritor con la cultura literaria, pero se desconectó de la torrentera de cultura popular que amalgamaba a su generación. ...

Lo cuenta en su último libro, Koljós, un maravilloso monumento a la destrucción de monumentos, una granizada de piedra literaria contra el tejado propio. Es un libro, paradójicamente, muy televisivo: para la familia que no tenía televisión, la tele ha sido importantísima.

La relación distante y gélida entre la madre, la historiadora y académica Hélène Carrère d’Encausse, y el hijo, Emmanuel, tiene un clímax muy divertido en el programa Apostrophe, al que bien le cabe el cliché de mítico en la tele y en la literatura francesas. El relato de una entrevista conjunta en un episodio dedicado a padres e hijos escritores, y lo que pasó en el plató o no —porque Carrère es el menos fiable de los narradores, nunca sabes qué se inventa, cuándo juega y cuándo se somete a la verdad—, revela que, a veces, las cosas importantes suceden en directo y ante una cámara. No todo es fingimiento ni banalidad: la verdad también puede abrirse paso en prime time. Esto va en contra de casi toda la literatura occidental, que defiende que lo relevante ocurre en la intimidad, fuera de plano, en silencio y, a menudo, dentro de la conciencia del personaje, donde no se puede grabar nada.