El ser humano tiene preferencias incluso cuando no es consciente de ello, y el sexo del bebé que se está esperando no es una excepción. “Las personas solemos sentir más inclinación por una u otra opción. En el caso del género de nuestros hijos, esa preferencia suele estar más definida”, explica a EL PAÍS la psicóloga perinatal María Palos. “Yo pensé que me daba igual lo que fuera hasta que nos confirmaron que era niña. En ese momento me llevé una decepción y me di cuenta de que quería que fuese niño”, reconoce Ángel Rodríguez, que ahora es padre de dos hijas.
La decepción o la tristeza que provoca que un bebé no sea la niña o el niño que uno había imaginado es otro de los grandes tabúes asociados a la maternidad. Cuando esto ocurre surge un conflicto interno que, en ocasiones, se transforma en un duelo que se transita con cierta vergüenza porque tiende a tacharse de superficial. “Un duelo no es solo cuando se te muere alguien. Existen duelos por una expectativa que no va a ocurrir y el sexo del bebé no es algo banal. Se mueven muchas cosas que responden a qué es para nosotros un niño, una niña, cómo ha sido la relación con nuestros hermanos o hermanas…”, explica Palos. “No es algo secundario, va ligado a nuestra historia y a nuestras relaciones familiares. Muchas veces depositamos en el género de nuestro futuro hijo nuestras expectativas más inconscientes. Está enraizado en la historia psíquica de cada uno”, coincide la psicóloga Natalia Prado.






